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Lo que la dictadura dejó en los cuerpos y en la historia por Adelqui Del Do

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La noción de trauma en Sigmund Freud no es fija, pero su recorrido puede sintetizarse en un punto clave: el trauma no es solo un hecho, sino aquello que el aparato psíquico no logra tramitar. Desde sus primeras formulaciones, donde aparece como una experiencia que irrumpe sin poder ser elaborada, hasta sus desarrollos posteriores, Freud lo redefine como un exceso que desborda la capacidad de ligadura, retornando en forma de síntoma y repetición.

A partir de las neurosis de guerra, tras la Primera Guerra Mundial, Freud observa que los soldados reviven en sueños y síntomas escenas que no producen placer alguno. La repetición deja de responder al principio del placer y lo obliga a reconocer una dimensión que lo excede. El trauma aparece entonces como aquello que no pudo ser ligado ni simbolizado en el momento de su irrupción. La repetición, lejos de ser patológica en sí misma, indica el intento del aparato psíquico de tramitar lo que lo ha desbordado.

Jacques Lacan radicaliza esta perspectiva: el trauma ya no es pensado como exceso cuantitativo, sino como encuentro con lo Real, con aquello que no puede ser simbolizado. Lo traumático es lo que no entra en el lenguaje y, precisamente por eso, retorna. La repetición no es entonces una elaboración lograda, sino el rodeo insistente de un punto imposible.

Hasta aquí, el recorrido clásico del psicoanálisis.

El giro argentino: trauma y terrorismo de Estado

Sin embargo, es en la experiencia argentina donde la noción de trauma adquiere una densidad que obliga a ir más allá de estos marcos. Los equipos de salud mental del Centro de Estudios Legales y Sociales, el Equipo Argentino de Trabajo e Investigación Psicosocial y Abuelas de Plaza de Mayo elaboraron una perspectiva que sitúa el problema en el cruce entre subjetividad, historia y política.

Aquí el trauma no es un accidente ni un exceso contingente: es el efecto de una política sistemática de producción de daño, el terrorismo de Estado. No se trata solo de individuos afectados, sino de una operatoria dirigida a destruir lazos sociales, imponer silencio y desarticular las condiciones mismas de simbolización.

La desaparición forzada condensa esta lógica: no hay cuerpo, no hay verdad, no hay ritual. El duelo queda suspendido. El trauma, abierto.

En este marco, la clínica no puede reducirse al consultorio. Los equipos insisten en que la elaboración del trauma requiere condiciones sociales: memoria, verdad y justicia. No como consignas abstractas, sino como dispositivos concretos que permiten inscribir lo ocurrido.

Por eso la palabra adquiere un estatuto central. Testimoniar no es solo recordar: es restituir lazos, romper el aislamiento producido por el terror y reinscribir la experiencia en una trama colectiva. Allí donde el terrorismo de Estado buscó producir silencio, la elaboración pasa por construir relato.

A su vez, estos desarrollos introducen con fuerza la dimensión transgeneracional. El trauma no se agota en quienes lo padecieron directamente: se transmite. Hijos y nietos heredan marcas de lo no elaborado, especialmente cuando la historia ha sido negada o fragmentada. La pregunta por la identidad, trabajada de modo ejemplar por Abuelas de Plaza de Mayo, muestra que el trauma también se juega en el derecho a saber.

Este enfoque implica además una crítica a ciertas lecturas deshistorizadas del psicoanálisis. Reducir el trauma solo a fantasía o a conflicto intrapsíquico puede terminar borrando la responsabilidad del Estado y patologizando a las víctimas.

Hace unos años, en una actividad de formación e intercambio clínico en el Centro de Asistencia a Víctimas de Violaciones a los Derechos Humanos Dr. Fernando Ulloa de la Secretaría de Derechos Humanos de la Nación, un reconocido psicoanalista lacaniano sostuvo que lo vivido por las víctimas de la ESMA podía equipararse, en términos de trauma, al impacto que tuvo para los hinchas del Celtic FC el gol de Juan Carlos Cárdenas en la Copa Intercontinental 1967.

El gol, un remate extraordinario desde larga distancia que definió el partido, forma parte de la memoria deportiva de nuestro país. Pero su invocación en ese contexto deja ver algo más serio: la banalización del trauma cuando se lo separa de sus condiciones históricas.

Quienes estábamos allí no podíamos creer lo que escuchábamos y respondimos de manera contundente y clara frente a esa banalización, no solo del trauma sino de quienes habían sido torturadxs, violadxs y desaparecidxs en la ESMA.

No todo acontecimiento intenso es equivalente. Equiparar una experiencia deportiva con un dispositivo sistemático de secuestro, tortura y desaparición no es solo un error conceptual: es borrar la especificidad del terrorismo de Estado.

Cabe recordar que el “Centro Ulloa” fue creado en el año 2011, por decreto de la presidenta Cristina Fernández de Kirchner, con el objetivo de acompañar y asistir a las víctimas de la última dictadura cívico militar. Dicho Centro fue creado en el marco de las políticas reparatorias de Memoria, Verdad y Justicia que el Estado Nacional comenzó a desarrollar en el año 2003. Articulando con equipos interdisciplinarios de todo el país se llevó adelante la implementación del Plan Nacional de Acompañamiento y Asistencia Integral a los Querellantes y Testigos víctimas del terrorismo de Estado. Hoy, dicho centro ha sido brutalmente diezmado por el gobierno de Milei.

Si el psicoanálisis mostró que el trauma excede al hecho y que hay un resto imposible de simbolizar, los organismos de derechos humanos agregan una dimensión decisiva: el trauma también es histórico y político.

No hay clínica del trauma sin esa dimensión. Y no hay elaboración posible sin condiciones colectivas que permitan nombrar, inscribir y reparar.

El trauma de la dictadura no es solo lo que pasó. Es también lo que una sociedad hace, o no hace, con eso que pasó.

Fuente: https://www.pagina12.com.ar/2026/03/26/lo-que-la-dictadura-dejo-en-los-cuerpos-y-en-la-historia/