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Adelqui Del Do, un luchador por la salud mental y los DH.HH

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Alguien va a tener que entrar a un aula y darles la noticia a sus estudiantes. Decirles que Adelqui Del Do murió. No sé muy bien cómo se hace algo así. Cómo se pronuncia en pasado el nombre de alguien que hasta ayer estaba trabajando, militando, enseñando, discutiendo, escribiendo. Cómo se les explica a quienes lo esperaban en una clase que esa clase ya no va a ocurrir. Todo ha sucedido a una velocidad tan vertiginosa que la primera respuesta es la perplejidad y el dolor.

Mientras tanto, empiezan a circular fotografías en redes y chats. Es extraño lo que hacemos cuando alguien muere. Buscamos imágenes. Abrimos teléfonos, revisamos conversaciones, grupos, publicaciones. Cada uno encuentra la fotografía que tiene de quien se fue. Y entre todos vamos armando una especie de collage imposible, como si reuniendo suficientes fragmentos pudiéramos reconstruir una presencia.

En una fotografía está Adelqui docente. Durante veintitrés años enseñó Psicología, Ética y Derechos Humanos en la Facultad de Psicología de la Universidad de Buenos Aires. Fue también consejero de esa Facultad. Miles de estudiantes se encontraron con él en aulas, pasillos, mesas de examen. Algunos quizás recuerden una definición. Otros una discusión. Otros una intervención suya que los hizo pensar. Muchos probablemente no recuerden exactamente qué dijo, pero sí cómo los trató.

Esa es una de las cosas misteriosas de la docencia: uno prepara durante horas aquello que va a decir y después descubre que los estudiantes recuerdan otra cosa. Un gesto. Una conversación después de clase. Una respuesta frente a una injusticia. La vez que un profesor se quedó unos minutos más porque alguien necesitaba hablar.

En otra fotografía aparece el psicólogo. Adelqui se recibió en la Universidad de Buenos Aires y se especializó en Psicología Clínica. Pero para él la clínica nunca estuvo separada de las condiciones concretas en las que vive una persona. Dirigió el Centro de Asistencia a Víctimas de Violaciones de Derechos Humanos “Dr. Fernando Ulloa”, dependiente de la Secretaría de Derechos Humanos de la Nación. Participó también de “Vidas arrasadas”, aquella investigación que denunció las condiciones de vida de personas internadas en instituciones psiquiátricas.

Salud mental y derechos humanos no eran para Adelqui dos temas que casualmente aparecían juntos en el programa de una materia. Eran una misma pregunta: qué hacemos con el sufrimiento de los otros. Hay otra fotografía: Adelqui militante. Integró la comisión directiva de Feduba, fue miembro fundador de la agrupación “Enclaves” y formó parte del Tribunal de Ética de la Asociación de Psicólogos de Buenos Aires. Militó por la universidad pública, por los derechos humanos y por una concepción de la salud mental que no redujera a una persona a un diagnóstico. Fue coordinador académico de la Diplomatura en Salud Mental y Derechos Humanos de la Unpaz. Escribió, investigó, discutió. Este mismo año publicó “Salud Mental y Derechos Humanos. Política, clínica y comunidad”. También fue coautor de “Consumos problemáticos y derechos humanos: perspectivas comunitarias”, publicado en 2025.

Es difícil mirar esa lista ahora. Porque parece un currículum y no lo es. Son lugares por los que pasó una vida. Detrás de cada cargo hay personas. Detrás de cada materia, estudiantes. Detrás de cada investigación, discusiones, compañeros, reuniones interminables, cafés que se enfrían sobre alguna mesa. Detrás de las instituciones hay una manera de estar en ellas. Y eso es quizá lo que ninguna biografía académica consigue escribir. Por eso hay otra fotografía que se impone sobre todas las demás. Es de la última mesa de exámenes.

Adelqui había ido con su hijo. Al terminar, el niño lo miró levantando la cabeza y estiró los brazos hacia él. Adelqui lo levantó y lo cargó en uno de sus brazos. Él era enorme, gigante, con su voz imposible de olvidar, grande al lado de ese cuerpo pequeño. Y se fueron así. Alguien tomó una fotografía. Nadie sabía que estaba fotografiando una despedida. Ahora esa imagen cambia de significado. Las fotografías tienen esa crueldad: permanecen iguales mientras nosotros cambiamos para siempre. Allí Adelqui todavía camina. Todavía sostiene a su hijo. Todavía está saliendo de una mesa de examen como tantas otras veces. Todavía existe el día siguiente.

Después están las fotografías que no fueron tomadas. Las conversaciones. Las discusiones políticas. Las clases. Las marchas. Las reuniones de cátedra. Las veces que ayudó a alguien sin que nadie sacara un teléfono para registrarlo. Las pequeñas escenas que constituyen una vida y que ninguna cámara considera suficientemente importantes hasta que alguien muere. Y están también las imágenes que hoy aportan los estudiantes. Ellos lo despiden como profesor, pero también como compañero. Quizás allí haya algo particularmente hermoso de su recorrido. Después de veintitrés años enseñando, consiguió algo bastante más difícil que transmitir contenidos: que quienes aprendieron con él sintieran que estaban caminando a su lado.

Nuestros compañeros y compañeras de la cátedra de Psicología, Ética y Derechos Humanos de la UBA también intentamos despedirlo. Decimos compañero, docente, amigo, militante. Decimos que estamos profundamente agradecidos de haberlo conocido. Decimos que su humanidad, su compromiso y su lucha continuarán en nosotros y en tantos estudiantes que formó. Pero las palabras todavía quedan chicas. Quizás porque seguimos mirando sus ojos, escuchando su voz, esperando que aparezca en alguna reunión. La muerte tiene esa pésima costumbre de llegar antes que nuestra capacidad para entenderla.

En algún momento alguien tendrá que entrar al aula. Habrá estudiantes esperando. Tal vez algunos ya sepan. Otros no. Habrá que decirles que Adelqui no va a venir. Y después habrá que empezar la clase. No sé si existe una manera mejor de despedir a un docente. Porque enseñar también consiste en eso: dejar algo funcionando cuando uno ya no está. Una pregunta que otro continúa. Una indignación que alguien recoge. Una forma de escuchar. Una manera de pensar la clínica. Una defensa de los derechos humanos. Una posición frente al sufrimiento de los demás.

Tal vez dentro de muchos años alguien que hoy fue su estudiante esté frente a otra persona, en un hospital, un consultorio, una universidad, una organización de derechos humanos. Y ante una situación difícil se pregunte qué hacer. Y sin saber muy bien por qué, recuerde algo de Adelqui. Entonces el collage tendrá una fotografía más. Una que todavía no fue tomada.

Martín Smud es psicoanalista y escritor. Docente de la cátedra de Psicología, ética y Derechos Humanos (UBA).

Fuente: https://www.pagina12.com.ar/2026/09/08/adelqui-del-do-un-luchador-por-la-salud-mental-y-los-dhhh/